El Gin Tonic y su origen

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El Gin Tonic, por muy de moda que esté ahora mismo, está cargado de historia. Al igual que la Coca-cola, ambos comparten el campo científico. El primero, centrado en las farmacias, y el segundo, en la medicina. Los orígenes de esta bebida se sitúan nada más y nada menos que en dos árboles: el enebro y la quina. El enebro cumple la función de dar vida a la ginebra, impregnando todo su carácter en ella a través de las nedrinas y a un proceso de destilación de cereales. La quina, sin embargo, es la protagonista, pues es la encargada de darle ese sabor amargo tan común y característico.

La ginebra empezó a fabricarse durante el siglo XII. Por aquella época, unos monjes italianos descubrieron esta bebida, adjudicándose el mérito pues el combinado poseía una gran cantidad de propiedades medicinales difíciles de ignorar. Gracias a esta bebida, se pudo contrarrestar los efectos de la peste bubónica que, por aquel entonces, arrasaba a su paso. Cinco siglos después, durante la época del XVII, se acuñó la bebida como tal, gracias a un profesor de medicina holandés que logró macerar las bayas del enebro con el único propósito de encontrar alguna fórmula que contara con propiedades estomacales. Sylvius de la Boe no se imaginó que más que un producto medicinal, había descubierto una de las bebidas alcohólicas que más triunfarían.

Otro holandés, Ervin Lucas Bols, se encargó de estrenarse como el primer embotellador oficial de este gran combinado de ingredientes. La marca que lanzó a la fama el Gin Tonic fue “Aqua Juniperi”. Hoy en día continúa vigente, pero no debemos olvidar que fue Inglaterra la que asumió la responsabilidad de lanzar esta bebida a la fama que hoy posee. Los ingleses entraron en contacto directo con la ginebra durante la Guerra de los Treinta Años. Los ingleses no pudieron ignorar la ferocidad y coraje con la que luchaban los holandeses en el campo de batalla, todo ello provocado por la ingesta de tal bebida. Es por eso por lo que este combinado alcohólico se bautizó como “coraje holandés”, nacionalizándola como suya propia. La adopción de este nuevo refrigerio trajo una revolución en las tabernas y bares, aumentando considerablemente su consumo hasta incluso su destilación ilegal.

Las revueltas y borracheras que se sucedieron de manos de la ginebra no fueron pocas, desencadenando una subida desmesurada del impuesto correspondiente. Los ingleses, sin intención de abandonar el consumo de aquella fantástica bebida, crearon un estilo más seco y de mucha más calidad: el London Dry Gin. James Burrough, farmacéutico de la época, fue el responsable de tal creación, adjudicándose el mérito del futuro “Beefeater” (1895)

Desde entonces hasta ahora su consumo no se ha moderado, marcando el ritmo de los menos golosos y los más exigentes.